UNA VISITA A URGENCIAS



Hemos estado tres veces en la sala de emergencias desde que Leo nació; dos de ellas reales y una, bueno, mi marido y yo debimos llevar la palabra "primerizos" escrita en nuestra frente.

La primera ocasión fue cuando mi hijo tenía 5 días de nacido. Leo no quería comer y no había ensuciado ningún pañal en todo un día. Tanto mi esposo como yo estábamos un tanto traumados por la pérdida de peso que tuvo nuestro bebé al nacer y por la forma que nos hicieron sentir al darnos de alta del hospital, así que al ver que nuestro primogénito no comía pensamos que enviarían a servicios infantiles. Pero todo se solucionó en cuanto nuestro precioso recién nacido decidió comer y hacer popó a los pocos minutos de llegar al hospital. El doctor que estaba de guardia fue muy paciente y le explico con peras y manzanas a esos padres primerizos lo que era normal para un bebé con tan poquito tiempo de vida. Esta fue una falsa alarma.

La segunda ocasión fue porque Leo presentó bronquiolitis. Fue duro ver a nuestro bebé con tos incontrolable y flemas, pero todo se arregló con nebulizaciones.

Esta última vez, en cambio, sí sentí que me asusté, sobre todo porque nos tomó por sorpresa. No hubo señal alguna de que nuestro bebé estuviera enfermo; de hecho esa noche Leo estuvo juguetón e inquieto, no quería dormirse. Cuando por fin logré arrullarlo lo sentí raro, así que me acosté junto a él un rato para asegurarme que estuviera bien. Sentí que tuvo unos leves temblores, como tipo escalofrío, pero pararon en unos segundos. Eso me asustó y desperté a mi esposo, pero Leo se calmó y volvió a quedarse dormido. Algo me decía que no estaba bien del todo y me le quedé viendo fijamente un buen rato. De un segundo a otro sentí su frente muy caliente, sus mejillas estaban frescas pero me quise asegurar con el termómetro; tenía 38.9 C de temperatura. 

Me asustó mucho porque fue tan rápido que subió su temperatura, Leo nunca había tenido fiebre. En un segundo desperté a mi esposo de golpe y el brincó como resorte de la cama. Se puso un pantalón y llevó a Leo al carro en lo que yo agarraba la pañalera.

Era la 1:00 am, salimos de la casa sin sentir que ya hacía frío afuera y Leo cubierto de pies a cabeza con su cobija. Llegamos al hospital en poco tiempo y nos recibieron rápido.

Como ya habíamos estado antes ahí ya teníamos idea de los pasos a seguir: dejamos a Leo en puro pañal, le tomaron la temperatura, revisaron sus oídos, nariz y boca, colocaron un pequeño aparatito en el dedo gordo de su pie para monitorear su pulso.

Después vienen las preguntas de los doctores para saber qué estaba pasando. 

Enfermera: cuánto tiempo tiene con fiebre?
Nosotros: como 30 minutos
Enfermera: le dieron medicamento para bajar la temperatura?
Nosotros: no, en cuanto vimos que tenía fiebre vinimos para acá

Cuando nos dejaron solos le dije a mi esposo: teníamos que tratar de bajarle la fiebre nosotros antes de acudir a urgencias? Tenemos Tylenol en casa, debimos dárselo antes?

No se cuál sea la respuesta, pero definitivamente me sentí más tranquila al llevarlo al hospital a que lo revisaran.

Cuando fue la doctora en guardia nos preguntó que si queríamos la consulta en inglés o en español. Elegí la opción de español y en ese momento, al sentirme mucho más cómoda con mi primera lengua, salió la clásica mamá que todas tenemos dentro: la que dice todo lo que observó y la que pregunta si el pollo que comió su bebé en el día pudo ocasionar la fiebre. Por la mirada de la doctora y el tono que usó al responder que no era posible que el pollo hiciera esto, me di cuenta que era la mamá preocupada que escupe todo lo que se le viene a la mente.

Resultó que mi hijo tiene una infección la cual ya está siendo tratada con antibiótico. 

Desde esa noche Leo no ha vuelto a tener fiebre y ha seguido siendo el bebé activo y risueño de siempre.

Asusta mucho ver a tu bebé así, sin saber qué puede tener y sintiendo que no puedes hacer mucho para ayudarlo.

Ahorita seguimos con las tomas de la medicina y por más que he intentado ser cuidadosa, hemos manchado mucha ropita del color rosa del jarabe , pero eso no importa, estoy contenta y agradecida de ver que mi bebé está mejor de salud.

Nunca será fácil ver a mi hijo enfermo.

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